jueves, 9 de diciembre de 2021

El control de la agresividad

 

                                                 EL CONTROL DE LA AGRESIVIDAD 


Mucha gente, incluyendo algunos practicantes, piensan que las artes marciales poten[1]cian la agresividad, cuando en realidad ocurre algo muy diferente: en realidad las artes marciales permiten controlar la agresividad.

Nos introducimos con este artículo en un terreno siempre delicado: el de la violencia, la agresividad y las artes marciales. Partimos de la base de que el ser humano, como animal que es, tiene instintos agresivos. La agresividad, al  igual que el amor o la sociabilidad, forma parte de la supervivencia biológica. Pero además es que vivimos en una sociedad altamente agresiva (competitiva, despersonalizada), donde las artes marciales pueden jugar un importan[1]te papel para canalizar la energía agresiva y transformarla en energía positiva para la comunidad.

El término agresividad hace referencia a un conjunto de patrones de actividad que pueden manifestarse con intensidad variable, incluyendo desde la pelea física hasta los gestos o expresiones verbales que aparecen en el curso de cualquier negociación. La palabra agresividad procede del latín, en el cual es sinónimo de acometividad. Implica provocación y ataque.



La agresividad no es de por sí negativa, es un instrumento más que en ciertas ocasiones puede resultar muy útil para evitar injusticias y para defenderse o defender a los demás. Pero para ello es indispensable aprender a controlarla, y la práctica marcial tal vez sea la vía óptima para lograrlo. Controlar la agresividad no significa anularla, sino ser capaz de dirigirla y de utilizarla en los momentos y situaciones idóneas. La agresividad es indispensable en la práctica marcial. Todo instructor de artes marciales que estudie atentamente a sus alumnos habrá observado a menudo un hecho bastante paradójico: ocurre que algunos alumnos muy técnicos, rápidos y eficaces durante el entrenamiento y en peleas informales con compañeros resultan luego bastante timoratos, ineficaces y asustadizos en combates de competición. Esto supone con frecuencia un auténtico quebradero de cabeza para numerosos instructores y entrenadores que no entienden cómo un chico tan eficaz en el gimnasio suele salir siempre derrotado del tatami o del ring. Esto ocurre por una carencia de agresividad que acarrea una inseguridad en el practicante. Como el lector habrá podido apreciar, a nivel marcial, la agresividad no es mala; si esta se controla. Además no siempre conduce a la violencia física; nuestro objetivo como artistas marciales es que esto no ocurra más que cuando sea imprescindible. Para empezar, el entrenamiento marcial constante logra que buena parte de la agresividad acumulada en el día a día la descarguemos periódicamente sobre un saco o un pao, en vez de hacerlo sobre familiares, amigos o desconocidos. La posibilidad de desfogarse, de quemar energías y lanzar puñetazos de manera inofensiva para nuestros semejantes evita que a menudo “explotemos” de manera incontrolada en los momentos más estresantes de la cotidianidad.



Pero no es sólo cuestión de “descargar energía”. En muchos gimnasios se aprende a respetar al compañero, a auto-controlarse para no hacer daño, a afrontar conflictos con tranquilidad y madurez. El aprendizaje marcial bien orientado no se limita a enseñar a combatir, va mucho más allá. La formación ética y cívica es una constante en la filosofía marcial. Se suele decir, con gran acierto, que el animal más agresivo es aquel que se siente acorralado. En muchos casos los individuos más agresivos son los que se sienten más inseguros. Esto les hace perder el control, y reaccionar a los conflictos con una violencia irracional. La práctica marcial aporta una
 


gran seguridad en uno mismo, y esto no sólo evita ser agredido, sino que sobre todo evita ser agresor. Para empezar, porque alguien que confía en sí mismo no necesita ir por ahí provocando a los demás para demostrar nada. Alguien que se sabe capaz de hacer mucho daño, no sólo tenderá a evitar la confrontación física, sino que en caso de que sea inevitable sabrá cómo controlar al adversario sin dañarle en exceso. El auto-control es de lo primero que se debe de enseñar a un alumno que va a dedicar parte de su tiempo a aprender junto a otras personas a pelear. En el entrenamiento diario debe reinar un gran respeto entre los practicantes, lo que exige un estricto control de la agresividad para que esta no degenere en enfrentamientos. Hay que crear un ambiente de camaradería y sustituir la competición interna por apoyo mutuo. Insistir en la autosuperación, no en la superación de los demás, y en la humildad (que no significa sumisión ni apocamiento) en vez de la altanería. La agresividad ha de quedarse en los golpes al saco o a los aparatos de entrenamiento. Contrariamente a lo que se piensa, el control de la agresividad resulta especialmente importante para un competidor. Tanto en un tatami como en un ring la deportividad y el respeto del adversario son siempre más valorados que la agresividad desatada. Si bien es cierto que en ciertas prácticas marciales, como los deportes de contacto, resulta imprescindible altas dosis de agresividad, no es menos cierto que la clave del triunfo deportivo está en el control de ésta. Ahí están los ejemplos de los competidores más apreciados en boxeo: Muhammad Alí, Ray Sugar Leonard, Pernell Whittaker, Evander Holyfield y Oscar de la Hoya. Todos excelentes boxeadores que siempre han sabido cuando hay que“guardar la cabeza bien fría” y cuando desatar una agresividad inteligente. Y es que en efecto, y esto es aplicable a la defensa personal, el comportamiento agresivo está muy relacionado con la descarga de adrenalina. Una hormona que prepara el cuerpo para el enfrentamiento, pero que si no se controla tiende a cegar la inteligencia y a desatar comportamientos de pánico e irreflexión. Para el combate real Bruce Lee recomendaba “la desesperación organizada”, es decir, ser capaz como de “encender y apagar” la agresividad según lo demande la situación. Así, en las distancias de combate larga y de suelo recomendaba guardar la calma para estudiar al adversario y moverse con inteligencia, mientras que en las distancias media y corta recomendaba descargar toda la agresividad. Evidentemente, esto es el fruto de años de entrenamiento, pero es a menudo lo que distingue a un gran maestro marcial. Por otro lado, en la calle, ser capaz de controlarse sin dejarse amedrentar por la agresividad del otro da una sensación de auto[1]confianza y superioridad que puede evitar gran parte de las peleas. Pero no siempre se puede eludir la violencia, y a veces no queda otra que defenderse y no dejarse pisar. En tal caso cuanto mejor podamos controlar nuestra agresividad, más posibilidades tendremos de evitar daños, tanto propios como ajenos, y de neutralizar el conflicto y si con algo se controla la agresividad es con la práctica continuada de las artes marciales y de combate.

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